
Solía escuchar el mar mientras te veía surfear por las mañanas, era la única manera que tenía para observarte sin que te pusieras nervioso y me gritaras que “dejara de verte así”, y era precisamente ese momento en el que mas te amaba, por que no necesitabas hacerme reír o leerme los pensamientos para que lo sintiera, por que las cosquillas estaban ahí y tu lo único que hacías era existir.
Creo que de esos momentos nació mi amor al color verde, que era el tono que tenia playa caribe a eso de las 6:30am y era también el color de tus ojos, y el color del borneo de tu longboard.
Tambien fue escuchando al mar que soñé que me amabas por primera vez, en ese momento dejabas la tabla a un lado, te sentabas conmigo mientras yo pensaba quien sabe que estupidez, y aprovechabas que “estaba concentrada y dócil” para contarme que te parecía que aun despeinada y llena de arena me veía hermosa, y que esperabas pasar toda tu vida así mismo, sentado en la playa conmigo.
Vi como tragabas saliva, y como te mordias el labio y tartamudeabas por que así te ponias cada vez que te toca decir cosas importantes, y que al final, digno de guion rosa, me besabas mientras empezaban a llegar las risas de los niños, típico de los domingos en la isla.
Muchos años después supe que el día que te sentaste junto a mi a escuchar el mar y dijiste que me ibas a extrañar, también querías pedirme que me quedara, por que aun no te había dado tiempo hacerme feliz, como tu pensabas que eras el único que podía hacerlo.
Ahora, viviendo tan lejos, tu del mar y yo de ti, me sigue gustando el color verde, sigo despeinada, y sigo esperando que alguien como tu me diga que quiere sentarse en la arena conmigo toda la vida…
martes 27 de octubre de 2009
Una vez te sentaste conmigo a escuchar el mar…
martes 28 de julio de 2009
Par de Dos
Uno de ellos era alto, delgado, con el cabello castaño claro, tenía unos jeans desgastados y una camisa blanca arremangada hasta los codos, se hacía llamar Joha y acababa de llegar de conocer a el amor de su vida.
Venia acompañado de otro chico un poco mas simpatico que se presentó como Laki, mucho más bajo que el otro, moreno, cabello obscuro y chistoso como el solo.
Intentar resumir lo que paso ese día, y los siguientes 5 años es insultar a todos los recuerdos que merecen, por lo menos, un post cada uno, pero puedo decir sin problemas, que ambos chicos terminaron llamandose de una manera totalmente distinta (ya que ese día jugaban a intercambiar nicks) y que lo menos que añadieron a mi vida fueron problemas.
Uno fué el causante de multiples suspiros y llantos, fue el culpable de (muchisimos) rompimientos amorosos y uno de los mejores amigos que se pueda tener sobre la tierra.
El otro, terminó siendo cupido del amor mas imposible de la historia, padre del niño mas cuchi que pueda tener un video en youtube, y el unico padrino posible para Andrea Paola (nombre de una hipotetica hija mia con Laki)
El verdadero Joha murió hace 24 horas, y solo me dejó un video, una plaquita militar y una coleccion de chistes malos... Y se que lo voy a extrañar mucho
martes 23 de junio de 2009
Ring Ring

Aprendí a Tocar timbres cuando tenía 9 años.
Solía pasar mis vacaciones escolares en el apto de mi tío Francisco en Margarita, con mis primas y como 35 adolescentes más que pasaban esa temporada en las residencias Marina Suites.
Eran 2 hermosos edificios (y digo "eran" porque la última vez que pase por ahí no parecían habitables) de 13 pisos cada uno, y 3 apartamentos por piso, generalmente vacíos, ya que sus ocupantes solo los visitaban en agosto, carnavales y semana santa.
En el medio de ambos edificios, había una gran piscina, una cancha de tenis, una churuata y un par de caminerías que encajaban perfectamente con los juegos que a partir de las 7 de la noche y hasta bien entrada la madrugada, inventábamos mis vecinos, primas y yo.
Uno de los maravillosos juegos, y el mas difícil, era el de tocar timbres... Consistía en subir en el ascensor hasta el piso 13, y luego bajar tocando uno a uno los 39 timbres, obviamente sin ser descubierto, ni saltarse ningún timbre.
Este juego además de cansón y arriesgado, tenía todas las características de un ritual de iniciación nativo, pues el valiente que lo lograra no solo ganaba la admiración de la chiquillada, ni la subida de adrenalina al llegar y esconderte en el sótano, si no además inmediatamente entraba en el muy codiciado "grupo de los grandes" que tenia beneficios infinitos, como llamar a pedir pizzas, visitar las residencias de al lado e ir a los maravillosos paseos y conciertos en Diverland.
Yo me hice grande a los 9 años.
Un helado de limón, y la posibilidad de ir al concierto de Desorden Público fueron la inspiración que me permitió correr como una loca hasta el 3er piso de la torre B luego de despertar a toda la torre A con los timbrazos. Porque si vas a hacer algo arriesgado, debes hacerlo memorable, y las 6 de la mañana me pareció una buena hora.
No repetí esa hazaña jamás, pero si me reí muchísimo de las siguientes generaciones que año tras año intentaban repetirla, con mucha más dificultad luego que ciertos padres decidieran dejar las puertas de los apartamentos abiertas, pero no puedo negra que es uno de los episodios más divertidos de mi infancia.
Ahora, 14 años después, al parecer mi espíritu infantil se despertó mientras yo dormía, y se puso a tocar los timbres del pequeño edificio de 4 pisos al que me mudé... No le encuentro otra explicación lógica a la carta de la junta de condominio que recibí anoche…
