
Aprendí a Tocar timbres cuando tenía 9 años.
Solía pasar mis vacaciones escolares en el apto de mi tío Francisco en Margarita, con mis primas y como 35 adolescentes más que pasaban esa temporada en las residencias Marina Suites.
Eran 2 hermosos edificios (y digo "eran" porque la última vez que pase por ahí no parecían habitables) de 13 pisos cada uno, y 3 apartamentos por piso, generalmente vacíos, ya que sus ocupantes solo los visitaban en agosto, carnavales y semana santa.
En el medio de ambos edificios, había una gran piscina, una cancha de tenis, una churuata y un par de caminerías que encajaban perfectamente con los juegos que a partir de las 7 de la noche y hasta bien entrada la madrugada, inventábamos mis vecinos, primas y yo.
Uno de los maravillosos juegos, y el mas difícil, era el de tocar timbres... Consistía en subir en el ascensor hasta el piso 13, y luego bajar tocando uno a uno los 39 timbres, obviamente sin ser descubierto, ni saltarse ningún timbre.
Este juego además de cansón y arriesgado, tenía todas las características de un ritual de iniciación nativo, pues el valiente que lo lograra no solo ganaba la admiración de la chiquillada, ni la subida de adrenalina al llegar y esconderte en el sótano, si no además inmediatamente entraba en el muy codiciado "grupo de los grandes" que tenia beneficios infinitos, como llamar a pedir pizzas, visitar las residencias de al lado e ir a los maravillosos paseos y conciertos en Diverland.
Yo me hice grande a los 9 años.
Un helado de limón, y la posibilidad de ir al concierto de Desorden Público fueron la inspiración que me permitió correr como una loca hasta el 3er piso de la torre B luego de despertar a toda la torre A con los timbrazos. Porque si vas a hacer algo arriesgado, debes hacerlo memorable, y las 6 de la mañana me pareció una buena hora.
No repetí esa hazaña jamás, pero si me reí muchísimo de las siguientes generaciones que año tras año intentaban repetirla, con mucha más dificultad luego que ciertos padres decidieran dejar las puertas de los apartamentos abiertas, pero no puedo negra que es uno de los episodios más divertidos de mi infancia.
Ahora, 14 años después, al parecer mi espíritu infantil se despertó mientras yo dormía, y se puso a tocar los timbres del pequeño edificio de 4 pisos al que me mudé... No le encuentro otra explicación lógica a la carta de la junta de condominio que recibí anoche…
Vamos de a poco
Hace 3 días


